
Ayer, en un reportaje de mi bienamado Informe Semanal, dedicaron uno de sus reportajes al juicio que hace poco comenzó en Camboya contra alguno de los dirigentes de Jemeres Rojos. Aprovechando la ocasión, vi "Los gritos del silencio", en el que un periodista del New York Times cubre el golpe de estado.
Siempre he admirado a los periodistas de guerra, probablemente porque en cierto modo poseen todo lo que a mí me falta y que es tan necesario para una profesión que amo y odio al mismo tiempo: valentía, sagacidad y cierta falta de moral para poder llegar a los lugares donde se esconde la noticia. Me gustan las películas que los retratan porque puedes ver, como decía Pérez-Reverte, a "la tribu". Todos los periodistas de una zona acaban por conocerse y se crea entre ellos una cierta sensación de hermandad (que no les impide luchar entre ellos por la mejor crónica, por la exclusiva de la muerte y el horror). Se puede observar la manipulación que de ellos hacen los poderes en guerra, militares y políticos y como algunos intentan desafiar esa línea oficial.
Pero uno de los elementos que más me fascinan son esos periodistas-enlace, miembros de la población local que suelen quedar atrapados entre la fidelidad a su compañero extranjero y el pueblo sometido a una guerra siempre injusta. Más que de la guerra, "Los gritos del silencio" nos muestra una de esas relaciones y lo que ocurre cuando los extranjeros, a salvo a veces por su condición de periodistas, abandonan el país a su suerte porque permanecer sería morir sin disfrutar de la gloria alcanzada con los artículos. Sydney, el reportero americano, hace todo lo posible por salvar no ya a su enlace, sino a alguien que ha llegado a convertirse en su amigo. Y el resto de la tribu también hace lo posible por su salvación.
Y la película da un giro cuando la guerra se acaba y a partir de entonces se nos muestra lo que ocurre al final de ese conflicto, cuando la comunidad internacional abandona a los camboyanos a su suerte: vemos entonces al Sydney destrozado por la guerra, por haber dejado atrás a su amigo y recibir premios por aquellos días aciagos. No se rinde, al igual de Pran, que en los campos de trabajo sobrevive para volver a ver a su familia y a su amigo americano. Y lo que emociona es comprobar que es una historia real, no una invención de guionistas avezados. Una relación forjada entre la muerte y el caos y no un oportunismo ocasional. Se nos muestra la imagen cruel del periodismo de guerra, en busca del impacto, pero también su parte redentora, su impacto en aquellos que conocieron en tierras perdidas por la guerra.
Tantos años después, en una generación como la mía, que ya no conocimos las luchas causadas por las ideologías que marcaron el siglo XX, nos preguntamos (¿o me pregunto?) como podían ser tan ingenuos para creer que todo aquello podía cambiar el mundo.