RSS

Unha vida en VHS

13 abril 2009

A través da cámara conectada á tv, Andrea amósanos á rapaza que xa non é. O mundo que a arrodeou durante aqueles anos nos que se medra con problemas que logo non semellan selo tanto. Saúda á cámara, sorrí. É ela, pero en certo modo xa non queda nada daquela moza do 2000. É unha parte dela que quedou atrapada para sempre na maxia que gardan as imaxes en movemento. Non poderá volver a eses momentos e, ás veces, traen lembranzas que a memoria deixou atrás hai moito tempo.
Aquela outra Andrea, á que non coñezo, comparte corpo mais non tempo coa actual. Hai certos rasgos comúns na personalidade pero boa parte deles quedaron aló, nas pequenas caixiñas de plástico que se apilan sobre a mesa do salón.
E logo a Andrea do ano 2009 enfoca a mesma cámara, o mesmo ollo sobre nós. Aló queda refuxiada parte de nós, do que somos e perderemos polo camiño. O que no 2019 ollaremos como alguén que compartíu o noso corpo pero que nunca máis seremos.

Calores

16 marzo 2009

Me encantan las mañanas con sol pero con viento frío en la cara. Hacer planes para pasar un buen rato con los amigos. Repasar un libro que me ha marcado a través de la Banda Sonora de la película. Tener clase con un profesor interesante, que no tiene miedo a reconocer que no es un experto. Ver el final de una serie increíble como Galáctica con mi hermano. Comprar cómics en Ebay. Perder el tiempo en la sala de informática de Historia...

O incerto señor Don Hamlet

28 febrero 2009


Shakespeare baixo a visión e o lapis do mestre Will Eisner. Hoxe non podo dicir nada máis...

Revoluciones

22 febrero 2009


Ayer, en un reportaje de mi bienamado Informe Semanal, dedicaron uno de sus reportajes al juicio que hace poco comenzó en Camboya contra alguno de los dirigentes de Jemeres Rojos. Aprovechando la ocasión, vi "Los gritos del silencio", en el que un periodista del New York Times cubre el golpe de estado.
Siempre he admirado a los periodistas de guerra, probablemente porque en cierto modo poseen todo lo que a mí me falta y que es tan necesario para una profesión que amo y odio al mismo tiempo: valentía, sagacidad y cierta falta de moral para poder llegar a los lugares donde se esconde la noticia. Me gustan las películas que los retratan porque puedes ver, como decía Pérez-Reverte, a "la tribu". Todos los periodistas de una zona acaban por conocerse y se crea entre ellos una cierta sensación de hermandad (que no les impide luchar entre ellos por la mejor crónica, por la exclusiva de la muerte y el horror). Se puede observar la manipulación que de ellos hacen los poderes en guerra, militares y políticos y como algunos intentan desafiar esa línea oficial.
Pero uno de los elementos que más me fascinan son esos periodistas-enlace, miembros de la población local que suelen quedar atrapados entre la fidelidad a su compañero extranjero y el pueblo sometido a una guerra siempre injusta. Más que de la guerra, "Los gritos del silencio" nos muestra una de esas relaciones y lo que ocurre cuando los extranjeros, a salvo a veces por su condición de periodistas, abandonan el país a su suerte porque permanecer sería morir sin disfrutar de la gloria alcanzada con los artículos. Sydney, el reportero americano, hace todo lo posible por salvar no ya a su enlace, sino a alguien que ha llegado a convertirse en su amigo. Y el resto de la tribu también hace lo posible por su salvación.
Y la película da un giro cuando la guerra se acaba y a partir de entonces se nos muestra lo que ocurre al final de ese conflicto, cuando la comunidad internacional abandona a los camboyanos a su suerte: vemos entonces al Sydney destrozado por la guerra, por haber dejado atrás a su amigo y recibir premios por aquellos días aciagos. No se rinde, al igual de Pran, que en los campos de trabajo sobrevive para volver a ver a su familia y a su amigo americano. Y lo que emociona es comprobar que es una historia real, no una invención de guionistas avezados. Una relación forjada entre la muerte y el caos y no un oportunismo ocasional. Se nos muestra la imagen cruel del periodismo de guerra, en busca del impacto, pero también su parte redentora, su impacto en aquellos que conocieron en tierras perdidas por la guerra.
Tantos años después, en una generación como la mía, que ya no conocimos las luchas causadas por las ideologías que marcaron el siglo XX, nos preguntamos (¿o me pregunto?) como podían ser tan ingenuos para creer que todo aquello podía cambiar el mundo.

Blanco y Negro

19 febrero 2009


Una vez que ya hemos comprobado que hemos sobrevivido a un cuatrimestre más en Historia sin ningún problema, toca centrarse en los temas verdaderamente importantes. Pero antes me voy a tomar un par de días de descanso para poder darle al acelerador de todo lo que me queda por pasar en los próximos meses.
Y mientras pasaba el rato recordando pasados viajes en fotos, decidí seguir con mi titánica tarea de escanear todas las fotografías viejas de mis padres para que queden para la posteridad. Me acordé de un artículo de Reverte, en el que decía que en esa película en blanco y negro, todo el mundo parecía estrellas de cine y la verdad es que tiene razón.
No sé cuál era la magia que tenían aquellas viejas cámaras, pero eran capaces de captar la realidad de una manera que las actuales no conseguirán ni en un millón de años. Puede ser porque lo que nos muestran, no se parece mucho a lo que había al otro lado del objetivo: errores de contraste, etc.
Pero a través de ellas se vuelve atrás en el tiempo y te das cuenta de que los padres, abuelos, también fueron jóvenes, con sus esperanzas puestas en el futuro. Mi padre se acercó a recordar aquellas viejas caras y las historias que había detrás de cada una de ellas: Manolo "El Gitano", Segade y la antigua plaza de Boiro, la extraña moda de los 70, Concha en Alemania con más chicas de Ourense, la anterior familia de mi abuelo... Y sólo tengo preguntas, preguntas y poca gente ya que me pueda dar fe directa de aquellos tiempos.

P.D.: En la foto podéis ver a mi abuela y a mi padre (siempre salía con cara enfurruñada cuando era niño) en una romería en Tibiás.

De conjuras y necios

04 febrero 2009



Estos últimos cuatro días han sido extraños, como siempre que estoy en casa, pero esta vez no quiero regodearme en lo malo. Necesitaba alguien con quien hablar y mi hermano nunca me falla: a nuestra extraña manera nos entendemos y nos decimos todo sin decirnos nada. Y aunque no le cuente ni la mitad de lo que se me pasa por la cabeza, cinco minutos de conversación con él valen más que todos los remedios milagrosos del mundo.
Por las conversaciones y conjuras hasta las tres de la mañana, por su intuición para saber cuándo debe dejarme espacio y porque nunca sabrá lo que esas charlas significan para mí.
P.D.: el vídeo no viene a cuento (o sí). Es fruto de uno de nuestros debates-recordatorios sobre nuestra infancia y la de toda una generación. (Sí, la verdadera generación perdida).

Inquietante sinceridad

26 enero 2009


Después de un fin de semana lleno de delirios inconsistentes (que implicaban a los zombis de 'Dead Set') por culpa de la fiebre de un maldito gripón, vuelvo al mundo exterior. Y hace un par de semanas que quiero hablar del último cómic de David Rubín, que como siempre ha conseguido dejarme descolocada.
"Cuaderno de Tormentas" vuelve a ser una especie de autobiografía encubierta en la que el autor no tiene piedad ni consigo mismo. Los temores a la 'hoja en blanco', las dudas constantes sobre las capacidades propias, las miserias de la vida... discurren por las calles de Ciudad Espanto, que todos hemos visitado alguna vez.
Digo inquietante sinceridad por la capacidad de desnudarse ante los lectores sin decir nada personal, por mostrar miserias que nos tocan a todos y por no regalarnos el tópico final feliz del que ya estamos cansados.
Su trazo se ha vuelto más enérgico con los años y el color estrenado no hace sino aumentar el dramatismo de una obra tan cruel como real. Y al leer la última página y cerrar las tapas de este libro, me siento como si me hubiesen dado una bofetada para hacerme poner los pies en el suelo.
Desconcertada, me levanto para mirar a través de la ventana, donde me esperan los vientos huracanados de mi propia Ciudad Espanto.